Me levanté de la cama y me puse las babuchas de Batman que me regalaste cuando te mudaste conmigo.
-amor?? - grité sin que mis oídos se enamoren con tu respuesta.
Era sábado, y como cada sábado durante los últimos veinticinco que vivimos juntos te prepararía el desayuno.
Fui al baño a tomar una ducha y cepillarme los dientes. Miré con algo de cólera mezclada con dulzura las cortinas rosadas que compraste para la ducha. El duchazo de agua caliente, a la que me acostumbraste, terminó con el poco sueño que aun quedaba. Me tomé unos ocho minutos en bañarme y al salir volví a notar tu ausencia. . . solías cepillarte los dientes justo cuando yo salía de la ducha. Fue extraño no verte ahí, pero más extraño aun fue abrir la puerta del espejo y no ver tu cepillo morado al lado del mío.
Mi sorpresa fue interrumpida por un sonido en la puerta que venía del otro lado del baño. Eran como uñas y supuse que serían las tuyas. Sabes que odio besarte sin haberme cepillado los dientes antes así que me metí el cepillo con pasta a la boca y traté de decir 'un rato' con la boca llena de espuma. Entendí que habías comprendido mi mensaje porque el sonido en la puerta terminó. Me cepillé los dientes rápido y abrí la puerta esperando ver tu mirada enamorando a la mía. Creo que esa fue una de las pocas veces en que odié a Kobu, el labrador que te compré cuando recién empezamos como enamorados. Estaba parado frente a la puerta del baño con un boxer mío en el hocico. Me acerqué y se lo quité, creo que pensó que era un juego porque movía su cola. Mientras lo gritaba y amedrentaba con un golpe trasero con un periódico me sorprendió no escucharte decir 'Amor, no le pegues que está jugando contigo!!'.
Ya bañado pero aun con el pantalón de pijama fui a la cocina. Todo estaba distinto a como solía estar, habían dos o tres platos sucios en el lavadero, un vaso azul de vidrio, un solo juego de cubiertos. Sobre la mesa estaba la bolsa de pan con dos panes adentro, la mantequilla, la mermelada a medias y una mancha de leche chocolatada. Cogí el vaso azul, lo lavé y me serví la solitaria leche chocolatada que habitaba en el refrigerador.
'Amor, como se te ocurre tomar cosas heladas si te has bañado con agua caliente' hubieses dicho de haber estado ahí y yo seguramente te hubiese explicado que soy inmortal y que algo como eso no me mataría. Hubieras reído y segundos después me habrías insultado cariñosamente.
Cuando regrese al dormitorio para cambiarme tuve que gritonear a Kobu otra vez. . . estaba echado justo por encima de tu almohada. Se bajó asustado y se fue al patio en el que solíamos bailar cuando llovía, perdón, en el que tú bailas y yo amago pasos para seguirte el compás. Me tiré en la cama y volví a sentir esa mezcla de olores que me recuerda sólo a ti. Volví a notar tu presencia y cogí mi celular para llamarte. Marqué los nueve números de tu celular que me sé al derecho y al revés de memoria como si fuese la fecha de mi cumpleaños.
-'El número al que usted ha llamado no existe'- la cojudísima voz de la operadora sugería que me había equivocado al marcar.
Esta vez tuve más cuidado al marcar y la respuesta fue la misma. Me asusté un poco, quizá te había pasado algo. Recordé que habías dicho que visitarías a tus viejos el fin de semana. Llamé a la casa de tus viejos y me contestó una anciana que me juró que el número estaba equivocado. Luego de llamar tres veces al mismo número la vieja me mandó a la mierda.
Algo andaba mal.
No sé en que momento empecé a vestirme. Me puse el pantalón de terno que usé el día anterior. Abrí el closet y sólo estaba mi ropa, desordenada y ocupando todo el espacio. Me asusté un poco más y me puse la camisa blanca con rayas azules que me regalaste cuando conseguí el trabajo de administrador en el restaurante de este cheff con nombre de perro que siempre olvido. . .
Caminé entre preocupado y asustado hacia la cómoda con el espejo en el que te cepillas el cabello todos los lunes por la mañana antes de ir a trabajar. Me encanta ver desde la cama la tranquilidad con que lo haces, puedes estar con el tiempo ajustado pero te tomas el tiempo necesario para verte un poco más como una princesa.
Me acomodé un poco el pelo, me puse mis gafas y me acerqué a la cajita forrada con gamuza en la que ponemos los aros que nos regalamos cuando aun nos estábamos enamorando el uno del otro. . . la cajita estaba vacía y llena de polvo, al igual que toda la cómoda. . . Retrocedí asustado y levanté mi mano derecha para ver si llevaba puesto el aro. . . sólo tenía la marca bronceada de haber usado en algún momento el aro. Seguí retrocediendo confundido. Kobu estaba atrás, tropecé, caí, mi cabeza se golpeó fuertemente con un sofá que insististe en tener dentro del dormitorio. . .
negro. . . todo negro. . .
A través de mis parpados se calaba una luz intensa. Empecé a despertar. No sabía donde estaba y aun con los ojos cerrados inhalé aire con fuerza. Sentí tu aroma de las mañanas. Me tranquilizó un poco saber que estabas cerca. Apreté los párpados con fuerza para acomodarme a la luz. Sentí que algo se movía a mi lado. Abrí los ojos sobresaltado. Estaba tirado en nuestra cama sobre mi hombro izquierdo. Acaso fue un sueño? Giré para ver lo que se movía a mi lado. Era Kobu, rascando la sábana de tu lado de la cama.
-Amor? - grité y no encontré respuesta. Volví a asustarme. Acaso todo había sido un sueño? Acaso sólo eras el ideal que busca mi subconsciente y sólo apareces en sueños?
Me volví a echar en la cama y traté de dormir para encontrarte aunque sea en sueños y tratar de no volver a despertar. Kobu debió notar mi ansiedad e hizo de las suyas con su lengua en mi cara. Traté de sacarlo pero el insistía. Le grité y lo empujé con fuerza mirándolo fijamente a los ojos. Le metí un bofetón.
-Amor! no le pegues que te está saludando. Sólo juega contigo- tu armoniosa voz se metió por mis oídos como el primer sonido que escucha un sordo luego de años de sordera. Giré la cabeza lentamente y en ese segundo que mis ojos viajaron de Kobu a tí, estos se empañaron de lágrimas. Estabas con una toalla blanca en la cabeza y una rosada con un estampado de Minnie que te regalé luego que Kobu se comió la que tenías desde hacía ya tiempo. Me paré de un brinco y me lancé a tus brazos. Me cogiste fuerte. 'Tranquilo amor, tranquilo'. Sonreíste y me volví a enamorar de tu sonrisa como cada mañana.
Han pasado muchos años desde ese día, la vejez no me permite distinguir a veces entre mis sueños y la realidad. Envejezco a oscuras con sólo este computador y rodeado del olor de mis cigarrillos. Aún no sé si exististe o fuiste parte de mis sueños.
Si existes. . . búscame, vivo en el tercer piso del edificio que construyeron sobre la casa de mi abuelo. Aquí te estaré esperando. Mientras tanto yo seguiré haciendo lo mismo de cada noche, me acomodaré sobre mi hombro izquierdo, mi fiel Kobu, o quizá su hijo, no lo sé. . . se echará a mi lado. Cerraré los ojos con fuerza, y trataré de dormir rápidamente para encontrarte en mis sueños, y una vez que te encuentre. . . sólo soñar y desear. . . nunca más despertar.
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